Hay personas que se levantan temprano y salen a correr sin pensarlo, y otras que solo se sienten con ganas al caer la tarde. No existe una hora mejor que las demás, porque cada uno tiene su propio ritmo y su propia vida. Lo importante es encontrar el momento en el que salir a correr no se convierta en una batalla contra ti mismo cada día.
Probar y observar
Empieza probando distintos momentos durante unas semanas. Sal una mañana antes de trabajar, otra a mediodía, otra por la tarde y otra por la noche. No hace falta hacerlo de manera estricta: basta con fijarse en cómo te sientes en cada caso. Algunos días estarás cansado y otros con ganas, pero con el tiempo se irá dibujando un patrón que te ayudará a decidir.
Piensa en tu jornada y en tus obligaciones. Quien trabaja en horario fijo quizá encuentre su momento antes de entrar o después de salir. Quien cuida de niños o de mayores puede aprovechar un rato tranquilo entre tareas. No compares tu horario con el de otras personas, porque lo que funciona para unos no siempre sirve para otros.
Une la carrera a algo que ya haces. Sal justo después de dejar a los niños en el colegio, antes de la ducha de la mañana o al volver del trabajo, antes de sentarte en el sofá. Cuando la carrera va pegada a una rutina, no hace falta decidir cada día, y el hábito se vuelve casi automático. Dejar preparada la ropa la noche anterior ayuda mucho.
Tampoco hay que ser rígido. Si un día no puedes salir a tu hora, busca otro momento o déjalo para el día siguiente. Lo mejor es que el hábito sea flexible, y que la carrera se adapte a la vida y no al revés. Escucha a tu cuerpo, y tómatelo con calma cuando estés cansado.
Con el tiempo notarás que hay un momento en el que salir cuesta menos. Esa es tu hora. Cuando la encuentres, protégela con cariño, avisa a quienes viven contigo y hazla parte de tu semana. Una vez que el hábito se asienta, la carrera deja de ser un esfuerzo y pasa a ser un rato tuyo, que esperas con ganas.